
Mi nombre es Andrea y tengo 30 años. Para empezar a contarte mi vida tendría
que remontarme a mi infancia y adolescéncia,y lo haré, pero la verdad, es que ahora no me apetece hablar de esto. Lo que sí puedo intentar, es explicarte porque mi vida actual es un auténtico caos.
-Tranquila Andrea, tenemos todo el tiempo del mundo.
que remontarme a mi infancia y adolescéncia,y lo haré, pero la verdad, es que ahora no me apetece hablar de esto. Lo que sí puedo intentar, es explicarte porque mi vida actual es un auténtico caos.
-Tranquila Andrea, tenemos todo el tiempo del mundo.
De acuerdo, para ello, tengo que preguntarte algo: ¿te has despertado alguna vez, de una pesadilla, como por ejemplo, que caes a un abismo y no llegas a tocar nunca el suelo?,
¿o que corres como un condenado para huir de algo (un perro, una persona...), y por mucho
que corres y corres, cuando te giras para ver a tu enemigo, está allí, detrás de ti, más fresco
que una rosa y sin señal alguna de cansancio?.
¿o que corres como un condenado para huir de algo (un perro, una persona...), y por mucho
que corres y corres, cuando te giras para ver a tu enemigo, está allí, detrás de ti, más fresco
que una rosa y sin señal alguna de cansancio?.
-Si, me ha pasado varias veces.
Bien, entonces habrás notado, al despertar, un alivio inexplicable, al comprobar que sólo era
una pesadilla y que todo sigue en su sitio, ¿verdad?. Pues mi vida es todo lo contrario.
Cuando me despierto de uno de esos sueños, deseo volver a dormirme, para notar solamente,
la bendita angustia de una de esas pesadillas.
Bien, entonces habrás notado, al despertar, un alivio inexplicable, al comprobar que sólo era
una pesadilla y que todo sigue en su sitio, ¿verdad?. Pues mi vida es todo lo contrario.
Cuando me despierto de uno de esos sueños, deseo volver a dormirme, para notar solamente,
la bendita angustia de una de esas pesadillas.
-Entiendo.
Todo empezó cuando conocí a Robert, hace ahora dos años. Nos conocimos en
una cafetería. Cada mañana me tomaba un café antes de empezar el trabajo.
Por aquel entonces, mi vida, era como la de una persona normal; trabajaba para una
multinacional, más de 10 horas diarias, cobrando el sueldo mínimo, y haciendo malabares
para llegar a final de mes. ¡Benditos recuerdos!.
Siempre me he alejado mucho de ser la mujer perfecta. Soy muy inconstante, bastante
despistada, muy desordenada, quejica, llorona, perezosa y mala cocinera. Pero lo que
realmente me saca de mis casillas, e intento mejorar a diario, (aunque no lo he conseguido
aún), es acabar lo que me propongo empezar. La última cosa que me propuse a mí misma,
después de subirme a la báscula de una farmacia, y comprobar horrorizada que lo que a mí
me parecían unos pantalones con malas costuras: que doblaban el tamaño de mi trasero,
era nada más ni nada menos que un “ligero” aumento de peso, fué empezar con una vida
más sana. Esto implicaba: comida ligera, cremas y productos reductores, y empezar en el
gimnasio. Al salir de la farmacia, después de pulirme medio sueldo en cremas y
potingues, que la señorita farmacéutica me vendió como “milagrosos”, me fuí
directamente al supermercado. Allí me pulí la otra mitad de mi sueldo en verduras, frutas,
cereales bajos en calorias, y un largo etcétera... Me sentía feliz conmigo misma. Ahora
sólo quedaba una cosa por hacer: apuntarme al gimnasio.
Dejé la compra, y las cremitas meticulosamente colocadas y partí directa al gimnasio.
Casualmente sólo tenia que bajar la escalera de mi piso, pues, en el local de la primera planta estaba el gimnasio. Me dieron millones de panfletos. Cosas como aqua-gim y body-combat, me llamaron mucho la atención. Si, eso parecía ser lo que yo necesitaba.
A la mañana siguiente, empecé con un desayuno nutrituvo y bajo en calorías. Al salir de
casa, ya estaba embadurnada con todas las cremas que había adquirido de la farmacia, y
usadas de manera que, la farmaceútica muy amablemente, me había aconsejado. Para
comer algo en la oficina me llevé dos barritas sustitutivas, que aconsejaban tomar con dos
grandes basos de agua. Por la tarde cuando salí del trabajo, en vez de cojer el autobús me
fuí andando las veinticinco manzanas que me alejaban de mi casa. Al llegar me puse unas
mayas de color negro, una sudadera de color gris, mis zapatillas deportivas, y en una bolsa coloqué mi bañador. Lo tenía decido: aquel día quería practicar aqua-gim.
Llegué al gimnasio, y la chica me aconsejó coger una toalla y ponerme el bañador, la
clase empezaba en diez minutos. Así lo hice. Al ponerme el bañador, supe que mi
decisión era la correcta, había aparecido como por arte de mágia, una especie de flotador
alrededor de mis caderas y por debajo de mi ombligo, !santo cielo!, estaba hecha una
ballena.
La chica, perfectamente esculturada, con todo su cuerpo fibroso y sin ninguna marca de
grasa, con una gran sonrisa, me pidió que la siguiera. Por el camino hacía la piscina, pude
ver a varias personas; tios musculosos que quitaban el hipo, mujeres esbeltas y altas, con
pechos perfectos y piernas larguísimas, que (a mí, personalmente) me provocaban el
hipo... Me sintí completamente fuera de lugar, aquel sitio no era para una simple mortal
como yo.
-Tranquila Andrea- me dijo la chica, sonriéndome.- El noventa por ciento de la
gente que ves, se pasa diez horas aquí metida y gastando más de la mitad de su paga en
anabolizantes.
Supongo que debe ser verdad el dicho de que los ojos son el espejo del alma, en esa
ocasión, aquella amable mujer, vió en los míos un pánico abismal.
Entramos en la sala donde estaba la piscina. Climatizada. La chica, antes de irse, me pidió
que me metiera en el agua, ya que en pocos minutos llegaría el monitor.
Así lo hice, y por cierto, me río del concepto “climatización”, el agua estaba helada.
Fueron llegando varias chicas y al cabo de unos minutos algo me escandalizó:
-¡Buenas noches mis bolitas de grasa!- era el monitor-¡a ver si conseguimos que vuestro
cuerpo empieze a comerse vuestro gran trasero, señoritas!
El chico y digo chico, porque no tendría ni veintidos años, llevaba un bañador de leopardo
ceñidísimo, la melena teñída de naranja, y tenía un cuerpazo, que le quitaba el sueño a
una...
La clase empezó, con relativa normalidad, entre insultos y provocaciones. Al acabar,
me había tragado unos trenta litros de agua. Esto no estaba hecho para mí.
Me duché en los vestuarios, frente a las miradas imparciales de varias de aquellas diosas.
Me vestí como un rayo, intentando esquivar los ojos de aquellas arpías y salí pitando del
gimnasio. Cuando llegué a casa y abrí la nevera, me invadió una terrible depresión, ¡sólo
había alimentos verdosos!. Cogí el teléfono y encargué una pizza con triple de queso.
-¿Esta parte de la historia es necesaria?
una cafetería. Cada mañana me tomaba un café antes de empezar el trabajo.
Por aquel entonces, mi vida, era como la de una persona normal; trabajaba para una
multinacional, más de 10 horas diarias, cobrando el sueldo mínimo, y haciendo malabares
para llegar a final de mes. ¡Benditos recuerdos!.
Siempre me he alejado mucho de ser la mujer perfecta. Soy muy inconstante, bastante
despistada, muy desordenada, quejica, llorona, perezosa y mala cocinera. Pero lo que
realmente me saca de mis casillas, e intento mejorar a diario, (aunque no lo he conseguido
aún), es acabar lo que me propongo empezar. La última cosa que me propuse a mí misma,
después de subirme a la báscula de una farmacia, y comprobar horrorizada que lo que a mí
me parecían unos pantalones con malas costuras: que doblaban el tamaño de mi trasero,
era nada más ni nada menos que un “ligero” aumento de peso, fué empezar con una vida
más sana. Esto implicaba: comida ligera, cremas y productos reductores, y empezar en el
gimnasio. Al salir de la farmacia, después de pulirme medio sueldo en cremas y
potingues, que la señorita farmacéutica me vendió como “milagrosos”, me fuí
directamente al supermercado. Allí me pulí la otra mitad de mi sueldo en verduras, frutas,
cereales bajos en calorias, y un largo etcétera... Me sentía feliz conmigo misma. Ahora
sólo quedaba una cosa por hacer: apuntarme al gimnasio.
Dejé la compra, y las cremitas meticulosamente colocadas y partí directa al gimnasio.
Casualmente sólo tenia que bajar la escalera de mi piso, pues, en el local de la primera planta estaba el gimnasio. Me dieron millones de panfletos. Cosas como aqua-gim y body-combat, me llamaron mucho la atención. Si, eso parecía ser lo que yo necesitaba.
A la mañana siguiente, empecé con un desayuno nutrituvo y bajo en calorías. Al salir de
casa, ya estaba embadurnada con todas las cremas que había adquirido de la farmacia, y
usadas de manera que, la farmaceútica muy amablemente, me había aconsejado. Para
comer algo en la oficina me llevé dos barritas sustitutivas, que aconsejaban tomar con dos
grandes basos de agua. Por la tarde cuando salí del trabajo, en vez de cojer el autobús me
fuí andando las veinticinco manzanas que me alejaban de mi casa. Al llegar me puse unas
mayas de color negro, una sudadera de color gris, mis zapatillas deportivas, y en una bolsa coloqué mi bañador. Lo tenía decido: aquel día quería practicar aqua-gim.
Llegué al gimnasio, y la chica me aconsejó coger una toalla y ponerme el bañador, la
clase empezaba en diez minutos. Así lo hice. Al ponerme el bañador, supe que mi
decisión era la correcta, había aparecido como por arte de mágia, una especie de flotador
alrededor de mis caderas y por debajo de mi ombligo, !santo cielo!, estaba hecha una
ballena.
La chica, perfectamente esculturada, con todo su cuerpo fibroso y sin ninguna marca de
grasa, con una gran sonrisa, me pidió que la siguiera. Por el camino hacía la piscina, pude
ver a varias personas; tios musculosos que quitaban el hipo, mujeres esbeltas y altas, con
pechos perfectos y piernas larguísimas, que (a mí, personalmente) me provocaban el
hipo... Me sintí completamente fuera de lugar, aquel sitio no era para una simple mortal
como yo.
-Tranquila Andrea- me dijo la chica, sonriéndome.- El noventa por ciento de la
gente que ves, se pasa diez horas aquí metida y gastando más de la mitad de su paga en
anabolizantes.
Supongo que debe ser verdad el dicho de que los ojos son el espejo del alma, en esa
ocasión, aquella amable mujer, vió en los míos un pánico abismal.
Entramos en la sala donde estaba la piscina. Climatizada. La chica, antes de irse, me pidió
que me metiera en el agua, ya que en pocos minutos llegaría el monitor.
Así lo hice, y por cierto, me río del concepto “climatización”, el agua estaba helada.
Fueron llegando varias chicas y al cabo de unos minutos algo me escandalizó:
-¡Buenas noches mis bolitas de grasa!- era el monitor-¡a ver si conseguimos que vuestro
cuerpo empieze a comerse vuestro gran trasero, señoritas!
El chico y digo chico, porque no tendría ni veintidos años, llevaba un bañador de leopardo
ceñidísimo, la melena teñída de naranja, y tenía un cuerpazo, que le quitaba el sueño a
una...
La clase empezó, con relativa normalidad, entre insultos y provocaciones. Al acabar,
me había tragado unos trenta litros de agua. Esto no estaba hecho para mí.
Me duché en los vestuarios, frente a las miradas imparciales de varias de aquellas diosas.
Me vestí como un rayo, intentando esquivar los ojos de aquellas arpías y salí pitando del
gimnasio. Cuando llegué a casa y abrí la nevera, me invadió una terrible depresión, ¡sólo
había alimentos verdosos!. Cogí el teléfono y encargué una pizza con triple de queso.
-¿Esta parte de la historia es necesaria?
¡Claro que sí, todo tiene relación!.